Cielo

Mientras recorría las entrañas del aeropuerto Luis Muñoz Marín, pude llegar a ver el cielo que me cobijaría en los próximos atardeceres. Nubes de tonos violáceos cruzaban un azul índigo; la masa gaseosa era compacta, con los contornos sólidamente esculpidos, como si hubiera sido dispuesta así por un crío celoso del estado de sus juguetes.
Una vez recogido mi equipaje, aguanté estoicamente que un agente federal y su compañero, un perro paticorto y orejudo, husmearan en mis pertenencias. En tanto que el más bajito seguía trabajando, el agente bípedo me explicaba que se trataba de un chequeo rutinario para evitar la entrada de especies agrícolas no permitidas en los EE.UU. La rutina es lo que acabará destrozando el cerebro de estos angelitos. Nada. Creo que el perro no olería ni el bálsamo de Fierabrás acabado de untar. Salgo al fin de esa tierra de nadie y piso suelo boricua sin necesidad de presentar más salvoconductos ni impresos verdes. Barrantes me aseguró que tendría un chofer a mi disposición en el mismo momento en que paseara mi palmito por la isla. Yo habría preferido que la empresa me pagara un coche propio, un deportivo o algo así. Atravieso una masa de tipos de diferentes estaturas, colores y narices. Intento leer alguno de los carteles que portan en sus manos: Marriott Resort, Condado Beach Hotel, Mr. Cerdas…No había ni rastro ni de mi persona ni de mi empresa. Al final de toda esta cartelería móvil acerté a ver un tipo semienano, tocado con un sombrero blanco que contrastaba con su rostro color lodo, gritando: “Señor Moncha la grilla, señor Moncha la grilla”. El sujeto no sólo desconocía mi nombre, sino que estaba provocando ataques de risa y miradas de reporche en toda la terminal. El apodo de Ramona Sánchez era un vestigio de tiempos remotos, además del recuerdo de uno de los momentos más felices para algunos, más sangrientos para otros, de toda la historia contemporánea de Puerto Rico.

La traición se revuelve a veces entre las cenizas del amor. En 1967 un esposo espera a su mujer encima de la colina que acota Caguas por el sur. Observa el entramado hipodámico y luminoso de la ciudad en la noche. Apura la brizna de tiempo que arde entre sus dedos y piensa que dentro de unas horas tendrá que subir hasta Cataño y recibir la mercancía que saldrá de las entrañas del Daphne, barco atracado en el puerto de San Juan. La gravilla delata la llegada de un Chevrolet Caprice azul prusia. No apaga las luces. El Grillo tira el cigarro y crea con sus manos una breve persiana que le deje atisbar el cuerpo que se trenza al suyo en las noches puertorriqueñas. El relevo del fuego extinguido lo toma una ráfaga metálica que le atraviesa el pecho. Es ahora su mujer, Moncha la Grilla, la que observa allá abajo el movimiento de los coches, el azar verde y rojo de los semáforos y la opaca consubstanciación del fantasma de su marido y todas sus heroicidades, aquellas que le acompañarán hasta la cárcel federal de Bayamón el día en que el FBI logre poner dentro del cerco de la justicia a la Grilla y a Orlandito, mano derecha del difunto. Esta felonía a dúo se fue orquestando entre Moncha y el esbirro en los viajes por la isla, cuando la llevaba a moteles donde esperaba un marido cumplidor. Un día Orlandito paró el carro dos moteles antes de llegar a Ítaca. Allí se paró el tiempo, y ya no hubo otro hombre para ella. (Continuará…)