Jueves | Julio 27, 2006

Cielo

Mientras recorría las entrañas del aeropuerto Luis Muñoz Marín, pude llegar a ver el cielo que me cobijaría en los próximos atardeceres. Nubes de tonos violáceos cruzaban un azul índigo; la masa gaseosa era compacta, con los contornos sólidamente esculpidos, como si hubiera sido dispuesta así por un crío celoso del estado de sus juguetes.

Una vez recogido mi equipaje, aguanté estoicamente que un agente federal y su compañero, un perro paticorto y orejudo, husmearan en mis pertenencias. En tanto que el más bajito seguía trabajando, el agente bípedo me explicaba que se trataba de un chequeo rutinario para evitar la entrada de especies agrícolas no permitidas en los EE.UU. La rutina es lo que acabará destrozando el cerebro de estos angelitos. Nada. Creo que el perro no olería ni el bálsamo de Fierabrás acabado de untar. Salgo al fin de esa tierra de nadie y piso suelo boricua sin necesidad de presentar más salvoconductos ni impresos verdes. Barrantes me aseguró que tendría un chofer a mi disposición en el mismo momento en que paseara mi palmito por la isla. Yo habría preferido que la empresa me pagara un coche propio, un deportivo o algo así. Atravieso una masa de tipos de diferentes estaturas, colores y narices. Intento leer alguno de los carteles que portan en sus manos: Marriott Resort, Condado Beach Hotel, Mr. Cerdas…No había ni rastro ni de mi persona ni de mi empresa. Al final de toda esta cartelería móvil acerté a ver un tipo semienano, tocado con un sombrero blanco que contrastaba con su rostro color lodo, gritando: “Señor Moncha la grilla, señor Moncha la grilla”. El sujeto no sólo desconocía mi nombre, sino que estaba provocando ataques de risa y miradas de reporche en toda la terminal. El apodo de Ramona Sánchez era un vestigio de tiempos remotos, además del recuerdo de uno de los momentos más felices para algunos, más sangrientos para otros, de toda la historia contemporánea de Puerto Rico.

Posted by at 02:42:40 | Permanent Link | Comments (0) |

Vesubio

Tras siete horas de viaje, el avión decidió descolgarse del cielo. La bronto-azafata –era muy probable que llevara en la compañía desde que los hermanos Wright miraban caer plumas de gallina en su niñez- observaba la llegada como la única posibilidad de escapar del tropel de prostitutas dominicanas que seguirían hasta Santo Domingo una vez descargados los que quedábamos en San Juan. Estas aeromozas de Iberia tienen un sentido fétidamente aristocrático del mundo; a todas les gustaría correr las cortinas azules de la primera clase y dejar al pópulo devorarse entre sí mientras ellas descorchan el champán para sus iguales.

La escalerilla que nos bajaba a la pista estaba relativamente vacía. Un negro gordo de paso sincopado impedía que el resto del pasaje fluyera con más rapidez. Habían abierto la boca del infierno: el tórrido calor de Puerto Rico, tal como me había advertido Fabián Barrantes, me colocaba en la boca del Vesubio a punto de erupcionar. Ya sabía que en la próxima hora tendría que pasar por las no tan cálidas manos de los funcionarios del Departamento de Inmigración de los EE.UU. Un agente miró mi cara al natural, miró el pasaporte y buscó un parecido entre ambas. Luego pasó a preguntarme si visitaba Puerto Rico por negocios o por placer; que cuál era mi dirección en el país y si conocía a algún boricua. Mentí: no venía de turismo, no me alojaría en el Normandie de San Juan ni conocía (aún) a ningún lugareño.

La verdad era que venía a buscar a un muerto; más bien a una viva que me llevaría hasta un muerto y un muerto que me llevaría hasta una grabación mítica perdida en algún lugar del universo.

Posted by at 01:06:51 | Permanent Link | Comments (0) |

Sausalito

Una noche crucé el Golden Gate y paré en la playa de Sausalito. En un garito estaba actuando un trío de bosanova. El local se llamaba Trident. Con un contrato por dos semanas, comencé a soplar notas almibaradas de esa música de ascensor. Cuando fui a por mi dosis, los muchachos del Grillo, al que debía algunos pavos desde que toqué en el Normandie de San Juan, se cobraron más de lo que les debía. Nunca me gustaron los puertorriqueños: babean un inglés sudado que no entiendo, lleno de giros incomprensibles y espasmódicos. Siete puntos por encima de la ceja derecha y todos los dientes superiores hechos añicos. La trompeta había desaparecido de mis manos y de mi vida.

Posted by at 01:05:30 | Permanent Link | Comments (0) |

Moncha la Grilla

La traición se revuelve a veces entre las cenizas del amor. En 1967 un esposo espera a su mujer encima de la colina que acota Caguas por el sur. Observa el entramado hipodámico y luminoso de la ciudad en la noche. Apura la brizna de tiempo que arde entre sus dedos y piensa que dentro de unas horas tendrá que subir hasta Cataño y recibir la mercancía que saldrá de las entrañas del Daphne, barco atracado en el puerto de San Juan. La gravilla delata la llegada de un Chevrolet Caprice azul prusia. No apaga las luces. El Grillo tira el cigarro y crea con sus manos una breve persiana que le deje atisbar el cuerpo que se trenza al suyo en las noches puertorriqueñas. El relevo del fuego extinguido lo toma una ráfaga metálica que le atraviesa el pecho. Es ahora su mujer, Moncha la Grilla, la que observa allá abajo el movimiento de los coches, el azar verde y rojo de los semáforos y la opaca consubstanciación del fantasma de su marido y todas sus heroicidades, aquellas que le acompañarán hasta la cárcel federal de Bayamón el día en que el FBI logre poner dentro del cerco de la justicia a la Grilla y a Orlandito, mano derecha del difunto. Esta felonía a dúo se fue orquestando entre Moncha y el esbirro en los viajes por la isla, cuando la llevaba a moteles donde esperaba un marido cumplidor. Un día Orlandito paró el carro dos moteles antes de llegar a Ítaca. Allí se paró el tiempo, y ya no hubo otro hombre para ella. (Continuará…)
Posted by at 01:02:36 | Permanent Link | Comments (1) |